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El nuevo corredor de la mafia estadounidense en América Latina Parte II – Laboratorio latinoamericano, mercenarios y la expansión de la guerra

En la primera parte hemos visto cómo, lejos de luchar contra la droga, Estados Unidos construyó su dominio global apoyándose en alianzas con redes mafiosas y utilizando la narrativa de la « guerra contra las drogas » como cobertura moral para sus intervenciones. Desde el opio del siglo XIX hasta los presidentes que reciclaron este discurso, quedó claro que la prohibición nunca fue un fin, sino un instrumento.

En esta segunda parte abordamos la expansión de esa guerra en América Latina, donde el continente se convirtió en un laboratorio de control geopolítico, militarización y formación de estructuras paramilitares. Con especial atención a Colombia. Un modelo que se exporta, demostrando que la « guerra contra las drogas » nunca abandonó su verdadera naturaleza: una máquina de guerra al servicio de la hegemonía de los Estados Unidos.

En febrero de 1962, una delegación especial de las fuerzas armadas estadounidenses visitó Colombia. El general William P. Yarborough, comandante del Centro de Guerra Especial de Fort Bragg, recomendó en su informe clave: « Consideramos que […] es necesario realizar un esfuerzo conjunto por todo el equipo de la nación [Colombia] con el propósito de seleccionar personal civil y militar con el objetivo de recibir entrenamiento clandestino en operaciones de resistencia, y, en caso de ser necesario, llevar a cabo actividades paramilitares, de sabotaje y/o terroristas, contra los partidarios del comunismo reconocidos. » Los Estados Unidos deben apoyar esto ». John F. Kennedy Library National Security Files [1].

Primero consolidadas en Asia (opio) y Europa (mafia), las alianzas entre narcotráfico y anticomunismo se aplicaron luego a América Latina, donde la « guerra contra las drogas » se convirtió en la narrativa legitimadora perfecta de las intervenciones imperiales.

Soldados, droga y la expansión de la guerra

Estas alianzas también se exportaron al hemisferio sur, donde la prioridad geopolítica eran los recursos. El periodista colombiano Germán Castro Caycedo relata en Nuestra guerra ajena que el cultivo de marihuana en Colombia en los años sesenta no surgió espontáneamente: fue impulsado por soldados estadounidenses que regresaban de la guerra de Vietnam. Con dólares, aviones DC-3/DC-4 y redes locales, estos excombatientes estimularon el cultivo y el tráfico en la costa norte colombiana, transformando economías campesinas en un narcolaboratorio orientado a abastecer la demanda estadounidense, mientras la retórica anticomunista servía para legitimar la expropiación de tierras y la reconfiguración forzada de territorios rurales [2].

Narrativas de guerra endulzadas: heroísmo, cannabis y la hipocresía del imperio

Hoy en día, las narrativas sobre la guerra y sus protagonistas suelen endulzarse, ocultando las cicatrices profundas que dejaron en las sociedades afectadas. Los soldados estadounidenses, quienes son agentes activos en la expansión del narcotráfico—como los veteranos de Vietnam que impulsaron el cultivo de marihuana en Colombia—, ahora son retratados como víctimas heroicas de circunstancias ajenas.

Este discurso omite cómo estos mismos veteranos, en su búsqueda de alivio para el trastorno de estrés postraumático (TEPT) de la guerra, contribuyeron a la normalización del consumo de drogas y a la perpetuación de redes de tráfico que devastaron comunidades enteras. Así, mientras se endulza la imagen de los soldados y se minimiza su papel en la destrucción de pueblos y economías locales, se alimenta una narrativa que justifica las intervenciones militares y el saqueo de recursos bajo el disfraz de la lucha anticomunista o la “guerra contra las drogas”. Esta manipulación discursiva no solo borra la responsabilidad histórica, sino que también silencia las voces de quienes sufrieron las consecuencias directas de estas acciones. Recordemos, además, que Forbes construyó su fortuna con el tráfico de opio

Drogas y militarización: dos aliados del control imperial

En la década de 1970, la derrota estadounidense en Vietnam impulsó la expansión de redes de drogas y el control territorial en Colombia. La estrategia militar de Estados Unidos convirtió al país en escenario de una guerra privatizada bajo el pretexto de combatir el narcotráfico, mientras buscaba, como señala Castro Caycedo, asegurar el control de agua y recursos estratégicos.

Los cables desclasificados del Archivo de Seguridad Nacional (NSA) y utilizados por la Comisión de la Verdad para su informe final confirman lo que Castro Caycedo documentó: la guerra contra el narcotráfico, el Plan Colombia y las intervenciones estadounidenses contribuyeron directamente a configurar el conflicto armado interno y a consolidar un sistema de dominación geopolítica en la región[3].

Un continente destrozado en nombre de la ‘guerra contra las drogas’”

Las narrativas construidas en torno a la lucha contra enemigos reales o imaginarios sirvieron como justificación para que Estados Unidos impulsara la militarización del continente. Bajo este marco, se promovieron políticas que, lejos de erradicar el narcotráfico, facilitaron la consolidación de redes ilícitas funcionales a sus intereses geopolíticos.

De este modo, la llamada “guerra contra las drogas” terminó operando como un instrumento estratégico de dominación regional, contribuyendo a profundizar la violencia estructural, la descomposición social y la dependencia política. El resultado ha sido un verdadero baño de sangre y miseria para amplios sectores de la población latinoamericana.

Como sostiene el historiador Greg Grandin en Empire’s Workshop [4] « la región operó como un verdadero ‘taller del imperio’ ». Desde los golpes de Estado durante la Guerra Fría hasta las estrategias de contrainsurgencia y las reformas neoliberales impuestas en contextos de crisis, un campo de experimentación para las formas contemporáneas de dominación imperial ».

Fuente: jacobin.com, 2023

Plan Colombia: Geoestrategia imperialista del neoliberalismo y la militarización

En este contexto de reconfiguración geopolítica regional, marcado por la “guerra contra las drogas” y las estrategias de contrainsurgencia, se implementa el Plan Colombia como un dispositivo central de intervención estadounidense.

“Tras la implementación del Plan Colombia, la intervención estadounidense consolidó el neoliberalismo y la privatización de las empresas públicas, subordinando la economía colombiana a los intereses del capital transnacional y reforzando su papel como exportador de recursos primarios. El Plan Colombia: geoestrategia del imperialismo actual”[5].

El Plan Colombia —diseñado por Biden e impulsado bajo Clinton— trascendió la sola estrategia de choque económico neoliberal. Biden, en su reporte al congreso en 2002, dijo: « Es oportuno aumentar la asistencia estadounidense a las unidades militares colombianas, que ayudarán a la Policía Nacional de Colombia en las operaciones antinarcóticos ».

Esta « ayuda » generó ganancias directas para compañías estadounidenses, ya que los fondos transferidos al gobierno colombiano se gastaron en helicópteros, aviones, tanques, formación de personal para operarlos y mantenerlos, repuestos y químicos como el glifosato para fumigaciones, todos suministrados por firmas norteamericanas. En este sentido, Colombia se consolidó no solo como un “supercliente” de Estados Unidos, sino también como exportador del “saber” contrainsurgente.

Plan Colombia: Financiamiento de narcoparamilitarísmo y formación de mercenarios

El plan se transformó en un referente mundial de contrainsurgencia y militarización, recibiendo numerosos elogios de tanto demócratas como republicanos. . Fue presentado como “el milagro colombiano” o incluso como “una de las grandes historias de Latinoamérica”, en palabras de John Kerry durante su audiencia de confirmación en 2013.

En la misma línea, David Petraeus lo describió como “un modelo de esperanza” y un ejemplo del lugar donde “hicimos bien las cosas”. Estos elogios, lejos de ser anecdóticos, reflejan un consenso bipartidista en torno a la legitimación de este tipo de intervenciones, tal como documenta John Lindsay-Poland en su libro Plan Colombia: U.S. Ally Atrocities and Community Activism.[6].

Plan Colombia: Guerra para el despojo y el saqueo de recursos

El enfoque contrainsurgente vinculó al Plan Colombia con patrones emergentes de acumulación de riquezas, como la explotación minera, megaproyectos de infraestructura, uso intensivo de recursos naturales y el despojo de tierras para agroindustrias.

Así, a través de organismos como la USAID, los fondos del Plan Colombia canalizaron recursos hacia el establecimiento de monocultivos de palma aceitera en manos de grandes familias aliadas al narcotráfico y directamente de narcotraficantes, como Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, jefe paramilitar del Bloque Central Bolívar. Empresas como Coproagrosur o Gradesa surgieron en territorios estratégicos, consolidando un modelo agroindustrial ligado al despojo de tierras y al paramilitarismo.

Plan Colombia: Mercenarios para la guerra

Peter Dale Scott, en el prefacio de Drugs, Oil, and War: The United States in Afghanistan, Colombia, and Indochina (2003), resume este patrón sistémico:

« Esta estrategia se desarrolló originalmente a finales de la década de 1940 para contener a la China comunista; desde entonces, se ha utilizado para asegurar el control sobre los recursos petrolíferos extranjeros. […] Estados Unidos vuelve repetidamente a la postura de librar guerras en zonas con reservas petrolíferas con la ayuda de aliados del narcotráfico. Sorprendentemente, esto ocurre incluso en Colombia, donde nominalmente libramos una guerra contra las drogas; sin embargo, la principal facción del narcotráfico, los paramilitares, son aliados de nuestros aliados »[7]

Modelo exportable de Contrainsurgencia

Este enfoque se extiende más allá de las fronteras nacionales, como documenta John Lindsay-Poland:

« Durante el punto más alto de las operaciones de guerra de Estados Unidos en Irak y Afganistán, entre 2002 y 2008, Colombia tenía más personal militar y policial entrenado por EE. UU. que el que había en esos países […]. Adicionalmente, Estados Unidos ahora financia personal colombiano para que capacite fuerzas militares y policiales en Centroamérica, México y otros países que aún no son certificados como “casos de éxito”. […] [8a].

Así, el Plan Colombia no solo consolidó una economía de guerra interna, sino que proyectó hacia el exterior un modelo de contrainsurgencia exportable, basado en la formación de fuerzas de seguridad, la circulación de mercenarios y la reproducción de doctrinas militares alineadas con los intereses estratégicos de Estados Unidos.

Es decir, el mismo ejército que durante el Plan Colombia asesinó civiles y los presentó como « bajas en combate » (falsos positivos = ejecuciones extrajudiciales) , se convirtió en instructor de otras fuerzas militares del continente, exportando no solo técnicas de guerra, sino un modelo de violencia institucionalizada con total impunidad.

Escuela de las Américas y el Pentágono: privatizar las guerras

La práctica de usar a Colombia para entrenar los ejércitos de otras naciones fue iniciada en la antigua Escuela de las Américas, localizada en Fort Benning, Georgia, en donde el número de instructores colombianos casi se duplicó entre 2001 y 2011, a pesar de los riesgos de que la instrucción colombiana estuviera replicando las graves faltas de ética evidenciadas en la colaboración entre la policía y el ejército de Colombia con escuadrones de la muerte paramilitares y su involucramiento directo en muertes violentas de civiles [8b].

La Escuela de las Américas (hoy WHINSE, Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad) formó durante décadas a miles de militares latinoamericanos bajo la “Doctrina de Seguridad Nacional”, estos programas no estaban diseñados para proteger a la población civil, sino para identificar y eliminar al denominado enemigo interno —movimientos sociales, sindicatos y disidencia de izquierda—, convirtiendo soldados en mercenarios al servicio de la estrategia estadounidense.

Fuente: soaw.org
Así entrenó EE. UU. a dictadores y asesinos de Latinoamérica

Legado de violencia Sistemática

Organizaciones de derechos humanos documentan que cientos de miles de latinoamericanos fueron torturados, violados, asesinados o desaparecidos por egresados de esta academia, muchos implicados en dictaduras, escuadrones de la muerte y masacres regionales: « ¿Escuela de las Américas o Escuela de violadores de derechos humanos? »[9]. Su doctrina legitimó la represión política como guerra interna, exportando un modelo de impunidad que el Plan Colombia amplificó al duplicar instructores colombianos (2001-2011) pese a las evidencias de las violaciones de derechos humanos.

Aquella escuela fue solo el inicio de un modelo exportable de control regional. Las décadas siguientes demostraron que el intervencionismo militar estadounidense no desapareció, sino que se transformó en un negocio global de mercenarios y entrenamiento.

De la “guerra contra las drogas” a la guerra global: el negocio de entrenar mercenarios

Lejos de extinguirse, la maquinaria de adoctrinamiento creada en la Guerra Fría mutó hacia agendas de dominación bajo el pretexto de « seguridad » y « cooperación » del Pentágono, con Colombia como laboratorio emblemático de contrainsurgencia paramilitar exportada

Estas estrategias han reproducido esquemas de represión interna y violencia estructural que fueron exportados a las guerras del imperio.

Represión Interna, Mercenarios Externos

Así, a comienzos de los años 2000, el Pentágono reconoció que tropas entrenadas bajo su supervisión estuvieron dirigidas por un oficial acusado de participar en la masacre de Mapiripán (1997) como lo documenta:
https://publicintegrity.org/national-security/pentagon-trained-troops-led-by-officer-accused-in-colombian-massacre/

Documentos desclasificados revelan conocimiento previo sobre la masacre de El Salado (2000), donde paramilitares mataron a 60 civiles con la complicidad de militares.

Fuente: VerdadAbierta Septiembre, 2009

Dos décadas después, el patrón continúa intacto: soldados entrenados por el Pentágono, mercenarios para el mundo. El Pentágono confirmó que varios de los colombianos involucrados en el asesinato del presidente haitiano Jovenel Moïse en 2021 habían recibido entrenamiento militar estadounidense. Este fenómeno revela cómo la militarización regional sigue produciendo redes de combatientes que terminan siendo utilizados como mercenarios en guerras ajenas —como muestran los casos de colombianos, mexicanos y argentinos muertos en el frente ucraniano al servicio de Washington.

Laboratorio latinoamericano de la privatización de la guerra

Hemos visto cómo América Latina —con Colombia como epicentro— se convirtió en un laboratorio perfecto de la maquinaria imperial: bajo la fachada de la “guerra contra las drogas”, el continente se militarizó, se tejieron alianzas con paramilitares y se creó una red de mercenarios listos para ser desplegados en guerras por delegación.

La guerra se privatiza y la muerte se socializa: mientras los contratistas y mercenarios actúan bajo la protección de la cobertura política y los intereses geopolíticos, las verdaderas víctimas son los campesinos, las comunidades rurales y los civiles atrapados en medio de una “guerra contra las drogas” que se perpetúa sin control. Este conflicto, convertido en instrumento de dominación, reproduce un ciclo de violencia estructural del cual los centros de poder no solo se mantienen resguardados, sino que continúan enriqueciéndose. Una privatización de la guerra que puede resumirse en lo que documenta Peter Andreas en Killer High:

Una privatización de la guerra que puede resumirse en lo que documenta Peter Andreas en Killer High:

« Contratistas militares privados como DynCorp, Military Professional Resources Incorporated y Matcom llegaron masivamente a Colombia, desempeñando funciones que iban desde pilotos de avionetas de fumigación hasta operadores de radares y analistas de inteligencia. El exembajador estadounidense en Colombia, Myles Frechette, explicó la lógica detrás de esto: “El Congreso y el pueblo estadounidense no quieren soldados muertos en el extranjero. Por lo tanto, tiene sentido que, si los contratistas quieren arriesgar sus vidas, se les asigne el trabajo”. Otros cuestionaron esta tendencia; la representante Jan Schakowsky preguntó en 2001: “¿Estamos subcontratando para evitar el escrutinio público, la controversia y el escándalo? ¿Es para ocultar las bolsas de cadáveres a los medios y así protegerlas de la opinión pública?” [10].

MAGA y la nueva mafia regional

Siguiendo la misma lógica mafiosa que articula la militarización y privatización de la guerra en América Latina, las viejas narrativas sobre la “lucha contra el narcotráfico” se reciclan hoy bajo una nueva narrativa: Escudo de las Américas. Los MAGA —herederos de los filibusteros y de las familias que acumularon fortunas con el tráfico de drogas— están rediseñando un corredor de poder y crimen que atraviesa la región. Este patrón de continuidad amenaza con consolidar estructuras de violencia y dominación geopolítica. La tercera parte aqui

REFERENCIAS

[1] Injerencia de los Estados Unidos, contrainsurgencia y terrorismo de Estado. La dimensión internacional del conflicto social y armado en Colombia. Renan Vega Cantor. Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas. 2015

[2] Nuestra guerra ajena. Germana Castro Caycedo. Editorial Planeta, 2015.

[3] https://germancastrocaycedo.co/portal/2022/08/16/nuestra-guerra-ajena-participacion-de-eeuu-en-el-conflicto-armado-colombiano/

[4] Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism. Greg Grandin

[5] El Plan Colombia: geoestrategia del imperialismo actual. Una propuesta didáctica. Leydi Yuliana Osorio Aguirre, Alejandro Zúñiga Zapata. Universidad Nacional, 2021

[6] Plan Colombia. Atrocidades, aliados de los Estados Unidos y activismo comunitario. Jho Lindsay-Polad. Editorial Universidad del Rosario, 2020

[7] Drugs, Oil, and War: The United States in Afghanistan, Colombia, and Indochina. Peter Dale Scott. Rowman & Littlefield Publishers, Inc., 2003

[8a] Plan Colombia. Atrocidades, aliados de los Estados Unidos y activismo comunitario. Jho Lindsay-Polad. Editorial Universidad del Rosario, 2020 [p. 32], 2021

[8b] Plan Colombia. Atrocidades, aliados de los Estados Unidos y activismo comunitario. Jho Lindsay-Polad. Editorial Universidad del Rosario, 2020 [p. 32], 2021

[9] ¿Escuela de las Américas o Escuela de violadores de derechos humanos? Rafael Romero. Estudios centroamericanos. Volumen 69 Número 739

[10]Killer High: A History of War in Six Drugs . Peter Andreas. New York: Oxford University Press, 2020. 352 pp. ISBN 978‑0‑19‑046301‑4.