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La Biblia y las balas: Fe, poder y geopolítica estadounidense en América Latina II

Mito civilizacional, Destino manifiesto y fe fundamentalista

Si en el primer artículo analizamos cómo la Biblia se sofisticó como un instrumento de soft power religioso estadounidense durante la Guerra Fría, en esta segunda entrega nos remontamos un poco más al pasado para mostrar cómo el imperio construyó sus mitos fundacionales de superioridad, convirtiendo la fe cristiana en un imperativo civilizatorio y colonial.

Contenido de este artículo

  1. El retorno del Santo Oficio: La Inquisición moderna y el capital.
  2. El marco jurídico del despojo: La Doctrina del Descubrimiento y el mito de la « nación de inmigrantes ».
  3. El Destino Manifiesto: Ideología, expansión e imperialismo en Cuba y República Dominicana.
  4. El búnker del dogma: El capital petrolero tras The Fundamentals y el nacimiento de la fe prohibicionista.

El retorno del Santo Oficio: La Inquisición moderna y el capital

Carlos Zicanelli, en el estudio preliminar del libro La Inquisición y el genocidio del pueblo cátaro de Hoffman Nickerson, nos ofrece una reseña que es, en sí misma, una interpelación a nuestro tema:

Hoffman Nickerson publicó su obra sobre la Inquisición en 1923. No es de extrañar que el autor postule una perceptible vinculación entre la Inquisición católica del siglo XIII y el prohibicionismo protestante. Nickerson vio en su época una forma moderna de Inquisición. Como historiador, no dejó de entrever cómo el sentimiento racial y la intolerancia produjeron en Estados Unidos un clima muy parecido al de la Europa de los siglos XI y XII. Alertó a su sociedad: «Nuestros linchamientos contemporáneos en el Sur deberían prevenirnos contra un exceso de sutileza». Ante el despiadado capitalismo protestante, advirtió: el fanatismo añadido a la codicia puede resultar pernicioso [1].

 ¿Qué diría Nickerson si fuera testigo de la política exterior estadounidense en la actualidad? Dado el patrón evolutivo que siguió el mundo protestante norteamericano, que nos muestra hoy la arrogancia de un modelo bélico sin límites en su capacidad destructiva sobre los que considera sus “enemigos”? ¿no advertiría acaso otros modos modernos de Inquisición? La ingrata respuesta sería, quizás, que la Inquisición no deja de tener parangón histórico. ¿Con qué presumido desprecio (desde el cobijo de un sobredimensionado progreso) llamamos a aquella edad “oscura”, cuando nuestro presente, mal que nos pese, no es promisorio y mucho menos claro? [1].

Zicanelli nos deja con una pregunta incómoda. Entre la memoria del pasado y las formas contemporáneas del poder persiste un mismo hilo: el adoctrinamiento que vuelve aceptable lo inaceptable. La Inquisición no desapareció; mutó. Su expresión más eficaz ya no reside en la hoguera, sino en la capacidad de modelar conciencias y naturalizar la violencia. La pregunta, entonces, ya no es cómo actuaban los inquisidores, sino cómo aprendimos nosotros a aceptar las inquisiciones de nuestro tiempo, las cárceles, las guerras y los genocidios que parecen no tener fin.

El hilo invisible: De la herencia colonial al expansionismo norteamericano

Como vimos en la primera parte de esta serie, las estrategias de dominación contemporáneas impulsadas por Estados Unidos en nuestro continente no surgieron de la nada, ni la utilización de la fe como herramienta de poder político nació con las dinámicas de la Guerra Fría. Existe un hilo invisible, pero implacable, que une los métodos de la Inquisición medieval con el mesianismo imperial actual.

Lejos de ser un fenómeno exclusivamente espiritual, el uso de la religión para justificar la subordinación política y el saqueo territorial hunde sus raíces en la matriz colonial europea. Antes de que el fundamentalismo estadounidense se convirtiera en un dispositivo contrainsurgente, el mundo occidental ya había diseñado el marco moral y jurídico perfecto para validar el despojo de pueblos enteros: la Doctrina del Descubrimiento.

El marco jurídico del despojo: La Doctrina del Descubrimiento y el mito de la « nación de inmigrantes »

La Doctrina del Descubrimiento es un principio del derecho internacional mediante el cual las potencias europeas se atribuyeron la propiedad de las tierras, los recursos y los derechos de los pueblos indígenas entre los siglos XV y XX. Este marco legal y teológico legitimó la apropiación de territorios y el dominio político y comercial sin el conocimiento ni el consentimiento de sus habitantes originarios, operando a través de actos simbólicos como la colocación de banderas coloniales o la implantación de emblemas religiosos [2].

Su justificación de fondo no fue jurídica, sino de orden teológico, racial y etnocéntrico: se basaba en la afirmación de la superioridad de la cristiandad europea frente al « infiel » o al « bárbaro », transformando el saqueo material en un imperativo moral de evangelización [2].

El mito de la « nación de inmigrantes » : El lavado de cara del colonialismo

Siglos después, sobre los fundamentos ideológicos arraigados de la Doctrina del Descubrimiento, la intelectualidad estadounidense consolidó el mito de Estados Unidos como una supuesta “nación de inmigrantes”. Esta narrativa reinterpretó la expansión territorial violenta y la colonización de asentamiento como si se tratara de una historia pacífica, idílica y natural de migración y progreso humano.

Como señala la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz, este relato edulcorado cumple una función política precisa: ocultar las condiciones de extrema violencia estructural que hicieron posible la formación del Estado estadounidense, invisibilizando deliberadamente el genocidio indígena, el despojo territorial planificado y la economía basada en la esclavitud [3].

En el contexto de la Guerra Fría, esta visión adquirió una renovada importancia geopolítica como parte de la proyección de Washington como el supuesto referente moral del “mundo libre”. Un texto clave en la difusión masiva de este mito fue A Nation of Immigrants (1958), publicado por el entonces senador John F. Kennedy. En esta obra, Kennedy presentó la historia norteamericana como el resultado armónico de sucesivas olas migratorias benignas, llegando al extremo de catalogar forzadamente a los pueblos indígenas despojados y a los africanos secuestrados y esclavizados dentro de la categoría genérica de «inmigrantes» [4]. Con este malabarismo retórico, se borraron por completo las fronteras históricas entre la migración voluntaria, la colonización forzada y la coerción criminal.

La realidad detrás de la fábula: Cacería y deportación masiva

Como subraya Dunbar-Ortiz, esta narrativa resulta profundamente paradójica e hipócrita si se considera que coexistió en perfecta sincronía con brutales políticas de exclusión racial. La llamada “Operación Wetback” (Operación Espaldas Mojadas), ejecutada en 1954, desarraigó un millón de vidas y desgarró a miles de familias [3].

La violencia interna en la nación de inmigrantes

El plan de los años cincuenta para deportar a los mexicanos era tan racista como su propio nombre. A finales de la primavera de 1954, cientos de agentes de la Patrulla Fronteriza de EE.UU. —apoyados por aviones y jeeps— asaltaron granjas, fábricas y transportes desde la frontera hasta Chicago. El objetivo de la ‘Operación Wetback’ fue simple y violento: deportar masivamente a la comunidad mexicana, condenando por completo el debido proceso legal [5].

La barbarie civilizatoria: Limpieza étnica y terrorismo de Estado

Sin embargo, el despojo institucional de los años cincuenta no nació de la nada; fue precedido por una cruda campaña de terrorismo de Estado y represión sangrienta contra los mexicano-estadounidenses entre 1910 y 1918, un periodo grabado en la memoria colectiva como « La Matanza » [6].

Las masacres de ciudadanos mexicano-estadounidenses

Durante estos años, los Texas Rangers acusaron falsamente a los mexicoamericanos de estar vinculados con bandidos en la zona del Valle del Río Grande para justificar su exterminio. El linchamiento de Antonio Rodríguez, de 20 años, desató una indignación que condujo a cinco años de guerra violenta. Rodríguez fue la primera víctima mortal de La Matanza en 1910. Era un ciudadano estadounidense nacido en Nuevo México que trabajaba como peón de rancho, acusado de matar a la dueña del rancho, Effie Henderson. Un grupo de texanos blancos sacó a Rodríguez de su celda en Rocksprings, Texas, lo empaparon con gasolina y le prendieron fuego vivo [6].

Muchos otros fueron víctimas inocentes de la violencia racial impuesta por los Texas Rangers: Paulino Serda, un residente de larga data del Valle del Río Grande que vivía en Edinburg, Texas, era dueño de un rancho y fue asesinado a tiros después de que los Texas Rangers se encontraran el rumor de que supuestos bandidos habían pasado por su propiedad. Los mexicoamericanos Jesús Bazán y Antonio Longoria montaban a caballo cuando fueron injustamente tiroteados y asesinados en el acto por los Texas Rangers [6].

La Masacre de El Porvenir (28 de enero de 1918)

El clímax de este horror fronterizo quedó sepultado en la impunidad de El Porvenir. En la madrugada del 28 de enero de 1918, una compañía de los Texas Rangers, junto a soldados de la caballería de EE.UU. y rancheros blancos, asaltaron esta pacífica comunidad agrícola. Sacaron de sus camas a 15 hombres y niños mexicoamericanos, los llevaron a un cerro cercano y los fusilaron a sangre fría [7]. Ninguno estaba armado ni tenía antecedentes; los Rangers masacraron a la población con un propósito nítido: amedrentar a los residentes de origen mexicano y obligarlos a abandonar sus tierras. [7].

Como rescata la historiadora Mónica Muñoz Martínez en su investigación The Injustice Never Leaves You, este terror estatal dejó cicatrices imborrables. Casos como el de Florencio García, un joven vaquero de 25 años arrestado arbitrariamente por tres Texas Rangers en 1918, ilustran la impunidad del periodo: tras semanas de búsqueda, su padre Miguel encontró sus restos dispersos en el campo, con la chaqueta atravesada por tres balazos en la espalda. A pesar de las pruebas, un jurado compuesto casi en su totalidad por anglosajones se negó a procesar a los oficiales, un reflejo de la consolidación de las leyes de segregación racial conocidas en la frontera como el « Juan Crow » [8].

La « nación de inmigrantes » del exterminio: Del genocidio indígena a la frontera ensangrentada

Como muestran las realidades detrás de la narrativa idílica de la « nación de inmigrantes » y del barniz de libertad y democracia que Estados Unidos vende al mundo —sostenido también en la imagen mitificada de los supuestos « Padres Fundadores », cuyo concepto mismo revela el paternalismo y el chovinismo de su sistema—, la historia real de la expansión estadounidense se escribió con genocidio, linchamientos, balas y fosas comunes.

Desde el exterminio sistemático de los pueblos originarios, la brutalidad de la esclavitud y los linchamientos raciales, hasta el terror impuesto por los Texas Rangers en El Porvenir y la persecución militar de la « Operación Wetback » —una genealogía de violencia estatal que hoy sobrevive en el aparato de ICE y sus centros de confinamiento—, los hechos confirman que esta « misión civilizatoria » anglosajona nunca fue pacífica: fue una limpieza étnica planificada para poner los territorios al servicio del capital.

Esta violencia interna, justificada por el racismo y la superioridad moral, demuestra que el imperio norteamericano ya había aprendido a masacrar y despojar en su propio suelo; el siguiente paso lógico era empaquetar ese mismo fanatismo, cruzar las fronteras y exportarlo al resto del continente americano utilizando el manual del Destino Manifiesto.

El Destino Manifiesto: Ideología, expansión e imperialismo

El concepto de «Destino Manifiesto» surgió formalmente a mediados de la década de 1840, acuñado por el periodista John L. O’Sullivan durante los debates sobre la anexión de Texas y Oregón. En esencia, O’Sullivan reinterpretó la historia bajo una mirada malthusiana y providencial, argumentando que Dios había designado expresamente a la población estadounidense (específicamente a la raza anglosajona) para expandirse a lo largo del continente en nombre de la libertad y la democracia [9].

La ideología del Destino Manifiesto sirvió como el principio legitimador central de la agresiva expansión hacia el oeste de Estados Unidos a mediados y finales del siglo XIX. Al racionalizar la coexistencia entre los conceptos de «imperio» y «libertad», esta doctrina permitió al gobierno estadounidense justificar el despojo colonial de los pueblos indígenas a cambio de la libertad territorial y el enriquecimiento de los estadounidenses blancos [9].

Este pensamiento fue respaldado y propagado por intelectuales influyentes como Ralph Waldo Emerson, quienes popularizaron ideas asociadas al determinismo geográfico, la superioridad racial anglosajona y el progreso natural de la humanidad bajo la guía de la Divina Providencia [10]. A través de estos argumentos, la retórica del progreso civilizatorio legitimó las políticas de imperialismo territorial del siglo XIX y sentó las bases de un mito nacional que extendió su impacto cultural hasta el siglo XXI.

Esta caricatura de la revista Puck sintetiza el cinismo del Destino Manifiesto. El Tío Sam aparece como un maestro autoritario que disciplina por la fuerza a sus nuevos alumnos coloniales: Filipinas, Hawái, Puerto Rico y Cuba. Mientras la pizarra del fondo advierte que Estados Unidos gobernará estos territorios « con o sin su consentimiento », el resto del aula muestra la realidad del modelo anglosajón: los territorios ya conquistados (como Texas) aparecen pacificados, mientras que los niños indígena y afroamericano son abiertamente segregados y relegados a la exclusión o a la servidumbre.

Fuente: Dalrymple, Louis. School Begins. Revista Puck, 25 de enero de 1899. Cortesía de la Biblioteca del Congreso de los EE. UU. (Reg. LC-DIG-ppmsca-28668).

Para comprender el alcance de este expansionismo y el uso estratégico de sus narrativas, analicemos dos ejemplos históricos concretos a través de la política y la literatura de viajes.

La farsa jurídica del imperio: El laboratorio de Puerto Rico

La realidad detrás de la caricatura de Puck se consumó tras la invasión de Puerto Rico en 1898. Aunque inicialmente Washington prometió ciudadanía y derechos, el giro imperialista del presidente William McKinley hacia las Filipinas obligó a una rápida «innovación constitucional» racista: el Departamento de Guerra utilizó a Puerto Rico como laboratorio legal, despojando a los isleños de derechos, autonomía y ciudadanía para sentar un precedente que permitiera gobernar los nuevos territorios asiáticos como colonias puras y duras [11]. Esta traición aplastó la fe de líderes locales como el sindicalista Santiago Iglesias —quien terminó expulsado por la violencia antiobrera tolerada por los ocupantes—, demostrando que en el Caribe la voluntad de los pueblos simplemente no era necesaria.

El caso de Cuba en el siglo XIX: Literatura de viajes y geopolítica

Durante la primera mitad del siglo XIX, Estados Unidos experimentó un crecimiento territorial exponencial a través de la Compra de Luisiana, la adquisición de Florida, la anexión de Texas y la Cesión Mexicana. En este contexto de expansión hacia el oeste, Latinoamérica —y muy especialmente Cuba— ocupó un lugar estratégico y económico fundamental para la seguridad nacional y el control de las rutas marítimas del Caribe.

La retórica del Destino Manifiesto no solo se manifestó en los discursos políticos, sino también in la literatura de viajes escrita por estadounidenses que visitaron la isla entre 1820 y 1859 [12]. Estos relatos, consumidos ávidamente por la vanguardia capitalista y los sectores cultos del norte, contribuyeron a consolidar las ambiciones imperiales mediante el uso de metáforas recurrentes que retrataban a Cuba bajo tres premisas coloniales:

  • Tierra exótica y desperdiciada: Una geografía romántica y naturalmente abundante, pero condenada al atraso bajo la administración de la Corona Española.
  • Urgida de tutela externa: Un territorio necesitado de reformas urgentes, progreso económico-social y de la adopción obligatoria de los valores e instituciones norteamericanas.
  • Espacio natural de anexión: Una isla que, por proximidad y destino, era un espacio propicio para la expansión de la democracia estadounidense y los intereses del capital norteño [12].

Evolución en el siglo XX: La intervención y ocupación de la República Dominicana

A comienzos del siglo XX, el espíritu expansionista del Destino Manifiesto fue adaptado por los políticos progresistas estadounidenses y combinado con las pseudociencias racistas de la época, como el darwinismo social y la eugenesia. Estas construcciones ideológicas sirvieron para justificar la expansión económica y la intervención militar directa en la cuenca del Caribe, argumentando la supuesta superioridad moral y la necesidad de tutelar a pueblos considerados «incapaces» de gobernarse a sí mismos [13].

Bajo este marco cultural, naciones como México, Haití, Nicaragua, Cuba (mediante la Enmienda Platt) y la República Dominicana sufrieron ocupaciones militares. En el caso de la República Dominicana, ocupada por la marina estadounidense entre 1916 y 1924, la intervención estuvo fuertemente guiada por estas nociones de tutela cultural, financiera y racial, pavimentando el camino para el control corporativo de sus recursos [13].

El Destino Manifiesto y la « Nueva Roma » evangélica

La articulación entre el expansionismo estadounidense y la fe cristiana no es, por tanto, un subproducto tardío de la Guerra Fría; hunde sus raíces directamente en este mesianismo fundacional. La idea de que los Estados Unidos poseían un mandato divino para expandir sus fronteras y su modelo civilizatorio se tradujo rápidamente en un imperativo de asimilación religiosa y cultural.

En 1893, Josiah Strong, el influyente secretario general de la rama estadounidense de la Alianza Evangélica, describió a su país como la “nueva Roma”, cuya finalidad providencial era “anglosajonizar” al mundo entero. Strong afirmó con vehemencia: “No pido que salvemos a los Estados Unidos por el bien de Estados Unidos, sino que salvemos a los Estados Unidos por el bien del mundo” [14].

De este modo, la fe y el imperio se volvían una sola carne.

El búnker del dogma: El nacimiento de la fe prohibicionista

Es precisamente en este caldo de cultivo —entre el expansionismo territorial y el mesianismo religioso— donde ocurre un giro teológico fundamental a principios del siglo XX. El fundamentalismo religioso no nació originalmente en los Estados Unidos como un plan imperialista de exportación inmediata, sino como una reacción defensiva, interna y visceral de los sectores religiosos y políticos más conservadores ante el avance de la modernización urbana y el racionalismo europeo [15].

El capital petrolero financia la « Verdad »

Entre 1910 y 1915, financiados directamente por el millonario petrolero del sur de California, Lyman Stewart, se publicaron y distribuyeron masivamente doce volúmenes titulados The Fundamentals: a Testimony to Truth [15]. Stewart calificó estos textos como « las mejores y más leales fuentes educativas del mundo« .

Su objetivo era explícito: establecer « lo fundamental » —la inerrancia y la lectura literal de la Biblia— frente al avance de la teología liberal y el modernismo europeo, que en ese momento proponía un « evangelio social » comprometido con combatir las desigualdades materiales de la era industrial [15].

Las cinco prohibiciones: Vaciar la fe para proteger al capital

Ante su percepción de una grave crisis de valores en la modernidad, estos sectores respondieron replegándose en una moral individualista ultraconservadora y profundamente reduccionista. Como documenta el teólogo Juan Stam, esta ética subcultural se concentró en cinco prohibiciones legalistas estrictas:

  • 🚫 No tomar licor
  • 🚫 No fumar
  • 🚫 No bailar
  • 🚫 No ir al cine
  • 🚫 No jugar naipes [16]

Este catálogo de exigencias morales privatizaba la culpa y vaciaba la fe de cualquier cuestionamiento social, limitando convenientemente el pecado a las conductas privadas del individuo. Así, mientras las grandes corporaciones de la era industrial explotaban a los trabajadores y concentraban la riqueza, la teología fundamentalista dictaba que el verdadero peligro no residía en la codicia sistémica, sino en que un obrero fumara, bailara o fuera al cine [16]. Mientras la atención del trabajador se desviara hacia el control de sus impulsos cotidianos, la estructura de explotación permanecía intocable.

Este repliegue moral hacia lo individual terminó por despolitizar la fe, facilitando que, décadas más tarde, este modelo de religiosidad sumisa fuera instrumentalizado por Washington como una herramienta perfecta de control social y contransurgencia en toda América Latina.

Del búnker doméstico a la paranoia anticomunista

Este reduccionismo ético y su rechazo militante a la ciencia no tardaron en politizarse de manera agresiva. Tras la Primera Guerra Mundial y bajo la influencia del pensamiento premilenarista —que auguraba una ofensiva inminente de las fuerzas del mal en la Tierra—, el fundamentalismo conectó el supuesto declive espiritual con el nacimiento de los movimientos obreros y la expansión del comunismo [17].

Como explica el politólogo Carlos Cañeque, figuras como A.C. Dixon comenzaron a difundir la idea de que las teorías darwinistas eran «antidemocráticas» y, por lo tanto, «antiamericanas» [17]. Para la década de 1920, el término ya gozaba de enorme simpatía en las filas del Partido Republicano, sellando una premisa que sobrevive hasta hoy: que cualquier filosofía o proyecto político que no parta de la preponderancia del texto sagrado y la sumisión individual constituye una amenaza directa contra la seguridad de la nación [17].

Próxima entrega: El búnker ideológico estaba terminado y la mesa estaba servida para el siguiente paso de la estrategia imperial. En la tercera entrega de esta serie: cómo este fundamentalismo doméstico fue transformado en un arma de guerra contrainsurgente, financiado por la CIA y exportado masivamente para quebrar las solidaridades y los movimientos de liberación en América Latina.

Referencias

  • [1] Zicanelli, C. (1923). Estudio preliminar. En: Nickerson, H., La Inquisición y el genocidio del pueblo cátaro. Buenos Aires (Reimpresión/Traducción).
  • [2] Contreras, J. & Hitchcock, R. (2011). La Doctrina del Descubrimiento y los Pueblos Indígenas en Chile / The Doctrine of Discovery and Indigenous Peoples in Chile. Social Science Research Network (SSRN).
  • [3] Dunbar-Ortiz, R. (2021). Not «A Nation of Immigrants»: Settler Colonialism, White Supremacy, and a History of Erasure and Exclusion. Boston: Beacon Press.
  • [4] Kennedy, J. F. (1958). A Nation of Immigrants. New York: Harper & Row.
  • [5] Smith, Laura (2018). “Operation Wetback” uprooted a million lives and tore families apart. Medium Timeline.
  • [6] Galvez, Yamilet & Vela, Abigail (Eds.). Rio Grande Valley: La Matanza. Trucha RGV. Disponible en: https://truchargv.com/rio-grande-valley-la-matanza/
  • [7] Zinn Education Project (s.f.). Jan. 28, 1918: Porvenir Massacre / La Matanza lynching records. The Robert Runyon Photograph Collection, University of Texas at Austin.
  • [8] Martínez, Mónica Muñoz. The Injustice Never Leaves You: Anti-Mexican Violence in Texas. Harvard University Press, 2018.
  • [9] Haynes, S. W. & Morris, C. (Eds.). (1997). Manifest Destiny and Empire: American Antebellum Expansionism. College Station: Texas A&M University Press.
  • [10] Von Bibra, M. L. F. (2021). Manifest Mythmaking: The Role of US ‘Manifest Destiny’ in Nineteenth and Twenty-First Century Indigenous Dispossession. London School of Economics (LSE) Webster Review.
  • [11] Erman, Sam. «The Constitution and the New US Expansion: Debating the Status of the Islands». In Almost Citizens: Puerto Rico, the US Constitution, and Empire, 46–77. Cambridge University Press, 2018.
  • [12] Vacca, M. M. (2011). The Language of Manifest Destiny: A Rhetorical Analysis of American Traveler Accounts to Cuba, 1820-1859. (Master’s thesis). California State University, Fullerton.
  • [13] Paton, J. (2022). Manifest Destiny, Social Darwinism, and Other Cultural Constructions in Early 20th Century U.S.-Dominican Relations. International Journal of Educational Science and Research (IJESS), 2(10), 1-53.
  • [14] Strong, J. (1893). The New Era; or, The Coming Kingdom. New York: Baker & Taylor.
  • [15] Barrera Rivera, A. (s.f.). Antecedentes del fundamentalismo religioso: apuntes para entender el neopentecostalismo. (Revisión histórica de los movimientos reaccionarios).
  • [16] Stam, Juan (Citado por Barrera Rivera) (2006). Las cinco prohibiciones legalistas de la ética subcultural fundamentalista. En: Protestantismo y política en América Latina. Editorial Kairós.
  • [17] Cañeque, C. (2003). El fundamentalismo norteamericano. FRC: revista de pensament polític, (7), 3-8.

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