En la primera parte hemos visto cómo, lejos de luchar contra la droga, Estados Unidos construyó su dominio global apoyándose en alianzas con redes mafiosas y utilizando la narrativa de la « guerra contra las drogas » como cobertura moral para sus intervenciones. Desde el opio del siglo XIX hasta los presidentes que reciclaron este discurso, quedó claro que la prohibición nunca fue un fin, sino un instrumento.
En esta segunda parte abordamos la expansión de esa guerra en América Latina, donde el continente se convirtió en un laboratorio de control geopolítico, militarización y formación de estructuras paramilitares. Con especial atención a Colombia. Un modelo que se exporta, demostrando que la « guerra contra las drogas » nunca abandonó su verdadera naturaleza: una máquina de guerra al servicio de la hegemonía.
« Consideramos que […] debe realizarse un esfuerzo concertado por todo el equipo del país [Colombia] a fin de seleccionar personal civil y militar con miras a un entrenamiento clandestino en operaciones de resistencia, […] y, en la medida en que sea necesario, ejecutar actividades paramilitares, de sabotaje y/o terroristas, contra partidarios del comunismo conocidos. Los Estados Unidos deben apoyar esto ». John F. Kennedy Library. National Security Files [1].
Estas dinámicas de narcotráfico y anticomunismo, primero consolidadas en Asia y Europa, se recalibraron después para el continente de América Latina, donde la guerra contra las drogas se convirtió en una de las grandes narrativas legitimadoras de la intervención estadounidense.
Soldados, droga y la expansión de la guerra
Estos patrones mafiosos y anticomunistas también se exportaron al hemisferio sur, donde la prioridad geopolítica eran los recursos. El periodista colombiano Germán Castro Caycedo relata en Nuestra guerra ajena que el cultivo de marihuana en Colombia en los años sesenta no surgió espontáneamente: fue impulsado por soldados estadounidenses que regresaban de la guerra de Vietnam. Con dólares, aviones DC-3/DC-4 y redes locales, estos excombatientes estimularon el cultivo y el tráfico en la costa norte colombiana, transformando economías campesinas en un narcolaboratorio orientado a abastecer la demanda estadounidense, mientras la retórica anticomunista servía para legitimar la expropiación de tierras y la reconfiguración forzada de territorios rurales [2].
Narrativas de guerra endulzadas: heroísmo, cannabis y la hipocresía del imperio
Hoy en día, las narrativas sobre la guerra y sus protagonistas suelen endulzarse, ocultando las cicatrices profundas que dejaron en las sociedades afectadas. Los soldados estadounidenses, quienes son agentes activos en la expansión del narcotráfico—como los veteranos de Vietnam que impulsaron el cultivo de marihuana en Colombia—, ahora son retratados como víctimas heroicas de circunstancias ajenas.


Este discurso omite cómo estos mismos veteranos, en su búsqueda de alivio para el trastorno de estrés postraumático (TEPT) de la guerra, contribuyeron a la normalización del consumo de drogas y a la perpetuación de redes de tráfico que devastaron comunidades enteras. Así, mientras se endulza la imagen de los soldados y se minimiza su papel en la destrucción de pueblos y economías locales, se alimenta una narrativa que justifica las intervenciones militares y el saqueo de recursos bajo el disfraz de la lucha anticomunista o la “guerra contra las drogas”. Esta manipulación discursiva no solo borra la responsabilidad histórica, sino que también silencia las voces de quienes sufrieron las consecuencias directas de estas acciones. Recordemos, además, que Forbes construyó su fortuna con el tráfico de opio
Drogas y militarización: dos aliados del control imperial
En la década de 1970, la derrota estadounidense en Vietnam impulsó la expansión de redes de drogas y el control territorial en Colombia. La estrategia militar de Estados Unidos convirtió al país en escenario de una guerra privatizada bajo el pretexto de combatir el narcotráfico, mientras buscaba, como señala Castro Caycedo, asegurar el control de agua y recursos estratégicos.
Los cables desclasificados del Archivo de Seguridad Nacional (NSA) y utilizados por la Comisión de la Verdad para su informe final confirman lo que Castro Caycedo documentó: la guerra contra el narcotráfico, el Plan Colombia y las intervenciones estadounidenses contribuyeron directamente a configurar el conflicto armado interno y a consolidar un sistema de dominación geopolítica en la región.[3].
Un continente destrozado en nombre de la ‘guerra contra las drogas’”
Las narrativas construidas en torno a la lucha contra enemigos reales o imaginarios sirvieron como justificación para que Estados Unidos impulsara la militarización del continente. Bajo este marco, se promovieron políticas que, lejos de erradicar el narcotráfico, facilitaron la consolidación de redes ilícitas funcionales a sus intereses geopolíticos.
De este modo, la llamada “guerra contra las drogas” terminó operando como un instrumento estratégico de dominación regional, contribuyendo a profundizar la violencia estructural, la descomposición social y la dependencia política. El resultado ha sido un verdadero baño de sangre y miseria para amplios sectores de la población latinoamericana.
Como sostiene el historiador Greg Grandin en Empire’s Workshop [4] « la región operó como un verdadero ‘taller del imperio’ ». Desde los golpes de Estado durante la Guerra Fría hasta las estrategias de contrainsurgencia y las reformas neoliberales impuestas en contextos de crisis, un campo de experimentación para las formas contemporáneas de dominación imperial ».

Plan Colombia: Geoestrategia imperialista del neoliberalismo y la militarización
En este contexto de reconfiguración geopolítica regional, marcado por la “guerra contra las drogas” y las estrategias de contrainsurgencia, se implementa el Plan Colombia como un dispositivo central de intervención estadounidense.
“Tras la implementación del Plan Colombia, la intervención estadounidense consolidó el neoliberalismo y la privatización de las empresas públicas, subordinando la economía colombiana a los intereses del capital transnacional y reforzando su papel como exportador de recursos primarios. El Plan Colombia: geoestrategia del imperialismo actual”[5].
El Plan Colombia —diseñado por Biden e impulsado bajo Clinton— trascendió la sola estrategia de choque económico neoliberal. Biden, en su reporte al congreso en 2002, dijo: « Es oportuno aumentar la asistencia estadounidense a las unidades militares colombianas, que ayudarán a la Policía Nacional de Colombia en las operaciones antinarcóticos ».
Esta « ayuda » generó ganancias directas para compañías estadounidenses, ya que los fondos transferidos al gobierno colombiano se gastaron en helicópteros, aviones, tanques, formación de personal para operarlos y mantenerlos, repuestos y químicos como el glifosato para fumigaciones, todos suministrados por firmas norteamericanas. En este sentido, Colombia se consolidó no solo como un “supercliente” de Estados Unidos, sino también como exportador del “saber” contrainsurgente.
Plan Colombia: Financiamiento de narcoparamilitarísmo y formación de mercenarios
El plan se transformó en un referente mundial de contrainsurgencia y militarización, recibiendo numerosos elogios de tanto demócratas como republicanos. . Fue presentado como “el milagro colombiano” o incluso como “una de las grandes historias de Latinoamérica”, en palabras de John Kerry durante su audiencia de confirmación en 2013.
En la misma línea, David Petraeus lo describió como “un modelo de esperanza” y un ejemplo de lugar donde “hicimos bien las cosas”. Estos elogios, lejos de ser anecdóticos, reflejan un consenso bipartidista en torno a la legitimación de este tipo de intervenciones, tal como documenta John Lindsay-Poland en su libro Plan Colombia: U.S. Ally Atrocities and Community Activism.[6].
Plan Colombia: Guerra para el despojo y el saqueo de recursos
El enfoque contrainsurgente vinculó al Plan Colombia con patrones emergentes de acumulación de riquezas, como la explotación minera, megaproyectos de infraestructura, uso intensivo de recursos naturales y el despojo de tierras para agroindustrias.
Así, a través de organismos como la USAID, los fondos del Plan Colombia canalizaron recursos hacia el establecimiento de monocultivos de palma aceitera en manos de grandes familias aliadas al narcotráfico y directamente de narcotraficantes, como Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, jefe paramilitar del Bloque Central Bolívar. Empresas como Coproagrosur o Gradesa surgieron en territorios estratégicos, consolidando un modelo agroindustrial ligado al despojo de tierras y al paramilitarismo.
Plan Colombia: Mercenarios para la guerra
Peter Dale Scott, en el prefacio de Drugs, Oil, and War: The United States in Afghanistan, Colombia, and Indochina (2003), resume este patrón sistémico:
« Esta estrategia se desarrolló originalmente a finales de la década de 1940 para contener a la China comunista; desde entonces, se ha utilizado para asegurar el control sobre los recursos petrolíferos extranjeros. […] Estados Unidos vuelve repetidamente a la postura de librar guerras en zonas con reservas petrolíferas con la ayuda de aliados del narcotráfico. Sorprendentemente, esto ocurre incluso en Colombia, donde nominalmente libramos una guerra contra las drogas; sin embargo, la principal facción del narcotráfico, los paramilitares, son aliados de nuestros aliados »[7]
Modelo Exportable de Contrainsurgencia
Este enfoque se extiende más allá de las fronteras nacionales, como documenta John Lindsay-Poland:
« Durante el punto más alto de las operaciones de guerra de Estados Unidos en Irak y Afganistán, entre 2002 y 2008, Colombia tenía más personal militar y policial entrenado por EE. UU. que el que había en esos países […]. Adicionalmente, Estados Unidos ahora financia personal colombiano para que capacite fuerzas militares y policiales en Centroamérica, México y otros países que aún no son certificados como “casos de éxito”. […] [8a].
Así, el Plan Colombia no solo consolidó una economía de guerra interna, sino que proyectó hacia el exterior un modelo de contrainsurgencia exportable, basado en la formación de fuerzas de seguridad, la circulación de mercenarios y la reproducción de doctrinas militares alineadas con los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Es decir, el mismo ejército que durante el Plan Colombia asesinó civiles y los presentó como « bajas en combate » (falsos positivos = ejecuciones extrajudiciales) , se convirtió en instructor de otras fuerzas militares del continente, exportando no solo técnicas de guerra, sino un modelo de violencia institucionalizada con total impunidad.
Escuela de las Américas y el Pentágono: privatizar las guerras
La práctica de usar a Colombia para entrenar los ejércitos de otras naciones fue iniciada en la antigua Escuela de las Américas, localizada en Fort Benning, Georgia, en donde el número de instructores colombianos casi se duplicó entre 2001 y 2011, a pesar de los riesgos de que la instrucción colombiana estuviera replicando las graves faltas de ética evidenciadas en la colaboración entre la policía y el ejército de Colombia con escuadrones de la muerte paramilitares y su involucramiento directo en muertes violentas de civiles [8b].
La School of the Americas —hoy WHINSEC (Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad)— entrenó durante décadas a miles de militares latinoamericanos. Inspirados en la llamada “Doctrina de Seguridad Nacional”, estos programas no estaban diseñados para proteger a la población civil, sino para identificar y eliminar al denominado enemigo interno, formando soldados en el discurso oficial, pero mercenarios en la práctica, que servían a los intereses estratégicos estadounidenses.

Como señalan organizaciones de derechos humanos e investigadores: “Cientos de miles de latinoamericanos fueron torturados, violados, asesinados o desaparecidos por soldados entrenados en esta academia. ¿Escuela de las Américas o Escuela de violadores de derechos humanos? [7].
Diversos estudios han documentado que numerosos oficiales latinoamericanos formados en esta institución participaron posteriormente en dictaduras militares, escuadrones de la muerte y conflictos armados en la región. Su entrenamiento, basado en la doctrina de seguridad nacional promovida por Estados Unidos, inculcaba la noción de que el enemigo era interno —movimientos sociales, sindicales o de izquierda—, legitimando así la represión política y las violaciones de derechos humanos.
Aquella escuela fue solo el inicio de un modelo exportable de control regional. Las décadas siguientes demostraron que el intervencionismo militar estadounidense no desapareció, sino que se transformó en un negocio global. Lejos de extinguirse, la maquinaria de adoctrinamiento y control creada durante la Guerra Fría mutó y se adaptó a las nuevas agendas de dominación en nombre de la “seguridad” y la “cooperación”.
De la “guerra contra las drogas” a la guerra global: el negocio de entrenar mercenarios
Esa dinámica se ha mantenido en América Latina bajo la denominada « colaboración militar » del Pentágono —con el caso emblemático de Colombia—, convertida en un verdadero laboratorio de prácticas paramilitares y de contrainsurgencia aplicadas en su propio territorio. Estas estrategias han reproducido esquemas de represión interna y violencia estructural que fueron exportados a las guerras del imperio.
Represión en casa, mercenarios al mundo
Así, a comienzos de los años 2000, el Pentágono reconoció que tropas entrenadas bajo su supervisión estuvieron dirigidas por un oficial acusado de participar en la masacre de Mapiripán (1997) como lo documenta:
https://publicintegrity.org/national-security/pentagon-trained-troops-led-by-officer-accused-in-colombian-massacre/
Documentos desclasificados revelan conocimiento previo sobre la masacre de El Salado (2000), donde paramilitares mataron a 60 civiles con la complicidad de militares.
Dos décadas después, el patrón continúa intacto: soldados entrenados por el Pentágono, mercenarios para el mundo. El Pentágono confirmó que varios de los colombianos involucrados en el asesinato del presidente haitiano Jovenel Moïse en 2021 habían recibido entrenamiento militar estadounidense.

Este fenómeno revela cómo la militarización regional sigue produciendo redes de combatientes que terminan siendo utilizados como mercenarios en guerras ajenas —como muestran los casos de colombianos, mexicanos y argentinos muertos en el frente ucraniano al servicio de Washington.
Hemos visto cómo América Latina, y Colombia en particular, se convirtió en el laboratorio perfecto de la maquinaria imperial. Bajo la narrativa de la « guerra contra las drogas », se militarizó el continente, se formaron estructuras paramilitares y se consolidó un sistema de exportación de mercenarios que hoy opera en las guerras por delegación. El patrón es claro: la lucha antidrogas nunca fue un fin, sino un instrumento de control geopolítico.
En la tercera sección evidenciamos cómo, bajo la gestión de MAGA y personalidades como Marco Rubio, se reconfiguró el camino de la mafia en América Latina: acciones militares, nuevas alianzas narco y un sofisticado aparato de mercenario que pone en peligro la replicación de la violencia que ya conocemos.
REFERENCIAS
[1] Injerencia de los Estados Unidos, contrainsurgencia y terrorismo de Estado. La dimensión internacional del conflicto social y armado en Colombia. Renan Vega Cantor. Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas. 2015
[2] Nuestra guerra ajena. Germana Castro Caycedo. Editorial Planeta, 2015.
[3] https://germancastrocaycedo.co/portal/2022/08/16/nuestra-guerra-ajena-participacion-de-eeuu-en-el-conflicto-armado-colombiano/
[4] Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism. Greg Grandin
[5] El Plan Colombia: geoestrategia del imperialismo actual. Una propuesta didáctica. Leydi Yuliana Osorio Aguirre, Alejandro Zúñiga Zapata. Universidad Nacional, 2021
[6] Plan Colombia. Atrocidades, aliados de los Estados Unidos y activismo comunitario. Jho Lindsay-Polad. Editorial Universidad del Rosario, 2020
[7] Drugs, Oil, and War: The United States in Afghanistan, Colombia, and Indochina. Peter Dale Scott. Rowman & Littlefield Publishers, Inc., 2003
[8a] Plan Colombia. Atrocidades, aliados de los Estados Unidos y activismo comunitario. Jho Lindsay-Polad. Editorial Universidad del Rosario, 2020 [p. 32], 2021
[8b] Plan Colombia. Atrocidades, aliados de los Estados Unidos y activismo comunitario. Jho Lindsay-Polad. Editorial Universidad del Rosario, 2020 [p. 32], 2021
[9] ¿Escuela de las Américas o Escuela de violadores de derechos humanos? Rafael Romero. Estudios centroamericanos. Volumen 69 Número 739










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