Emancipar

Por una EDUCACIÓN popular en POLÍTICA

El despojo, una vida

El despojo es una problemática de considerable magnitud que la mayoría de colombianos poco conoce. Todavía en el imaginario de la sociedad en general no existe una categoría que reconozca que en nuestro país a miles de familias campesinas les han usurpado la tierra y que con ello se ha generado una profunda desarticulación de las relaciones sociales, económicas y políticas en los territorios. Así como hay duelos por las personas desaparecidas, igualmente hay duelos por las tierras perdidas, y sin superar estos hechos no podremos construir una sociedad con capacidad de decidir y de crear condiciones de vida dignas. Los despojados “padecen consecuencias particulares, diferentes a las de cualquier otra población: han perdido seres queridos, la tierra y la vivienda; son más sensibles frente a la caída de sus ingresos familiares; no tienen una red social a la cual acudir” (PNUD, 2008: 5) [1].

El despojo desplaza

El despojo significa desplazamiento y Colombia tiene hoy el deshonroso primer puesto en desplazados internos a nivel mundial. A finales de 2019 se registraban cerca de ocho millones de personas desterradas [2]

Cifra que continúa aumentando porque el Estado no tiene políticas claras para, entre otras cosas, regular el uso del suelo. Pero tampoco la voluntad para llevar a cabo una reforma agraria que permita una repartición equitativa de la tierra y no la concentración -en su mayoría ilegítima- en pocas manos como sigue sucediendo, a través de la violencia.

El desplazamiento interno en Colombia

Es víctima del desplazamiento forzado toda persona que se ha visto forzada a migrar dentro del territorio nacional, abandonando su localidad de residencia o actividades económicas habituales, porque su vida, su integridad física, su seguridad o libertad personales han sido vulneradas o se encuentran directamente amenazadas con ocasión de las violaciones graves y manifiestas a las normas internacionales de derechos humanos, ocurridas con ocasión del conflicto armado interno. Ley 1448 (10 junio 2011) [3].

OCHA, 2020

El doloroso desalojo

Testimonio de la realidad

Hoy voy a hacer un acto de resiliencia, un acto psico-mágico de desapego para poder cerrar ciclos y comenzar de nuevo. Voy a narrar brevemente un suceso que desearía no lo viviera ninguna persona. Contarlo es un ritual de perdón para aquellos que por su codicia y falta de empatía hacia el prójimo no dimensionan el daño tan grande que logran hacerle a las personas. Pero jamás será un acto ni un ritual de olvido, porque la lucha por acceder a la justicia en derecho e imparcial… Continúa.

Perdón, sin olvido y la lucha continua

Cronología del despojo

Sin jueces

Siendo las 4 de la tarde del 20 de diciembre del 2010, la inspectora de policía del corregimiento nos avisa que al otro día, a las 8 de la mañana, el alcalde menor iba a realizar la diligencia de desalojo de un “bien de uso público”. Así, sin una orden de un juez y sin haber notificado con anticipación a través de la inspección de policía, simplemente él ejerciendo su autoridad y fungiendo como juez y parte del proceso, iba dispuesto a hacer efectiva la resolución que 7 meses antes había emitido su oficina jurídica, sin importar los dos años tratando de demostrar que el terreno que compramos, con nuestro esfuerzo, era susceptible de ser propiedad privada, como lo ratificaron los magistrados del Consejo de Estado en una sentencia en 1999.

La justicia ciega

Un batallón

Amaneció el 21 de diciembre y nuestro abogado de ese momento se hizo presente, así como los abogados de nuestros vecinos que estaban en la misma situación que nosotros. Apareció intempestivamente un helicóptero a sobrevolar la zona y con él se viene una avalancha verde (alcanzamos a calcular 120 policías entre ellos 5 de infancia y adolescencia), nadie se identifica. Y en medio de la fuerza pública aparece el abogado representante del megaproyecto interesado en nuestro desalojo, la jurídica de la alcaldía, el comisario de familia, el delegado de la personería, este último supuestamente para defender nuestros derechos y 30 hombres de espacio público que serian los encargados de volver trizas nuestro hogar.

Cercados

Y a unos 200 metros de allí se escuchaba a la gente del pueblo que comenzaba a reunirse, pero no sabíamos el por qué no podían llegar a donde nosotros estábamos. Más tarde nos enteramos de que 80 hombres del ESMAD estaban impidiendo el paso de la gente.

Amenazando

Comenzó la diligencia, se sentaron los abogados a negociar y a las 11 de la mañana dice el delegado de personería que la diligencia se paraba por falta de garantías. Suena el timbre del teléfono, el alcalde menor recibe una llamada y cuando cuelga da un grito exclamado ¡la diligencia continúa!; y ahí empieza el caos, el comisario de familia me amenaza con quitarme a mis hijos bebes porque supuestamente yo los estaba poniendo como escudo humano para evitar un desalojo.

Entre tanto, algunas personas del pueblo ya habían logrado pasar la barrera del Esmad para apoyarnos y ayudarme a poner a mis hijos en un lugar seguro. Y aunque los policías de la infancia y adolescencia me decían de tranquilizarme, que ellos no iban a dejar que algo malo les pasara a mis hijos, la angustia de madre me invadía. Una coincidencia de la vida, tres meses atrás, cuando estaba registrando a mi hija, yo ya había cruzado a uno de los policías que estaba cumpliendo con la expulsión y fue él, en ese instante del desalojo, quien me reconoció y junto con sus colegas fueron los que custodiaron la evacuación de mis hijos.

Destruyendo lo construido

Para ese momento del día ya el ESMAD se estaba enfrentando con gases lacrimógenos con la gente del pueblo que nos estaba defendiendo.

Entraron los del espacio público con palancas, picos, mazos, y comenzaron a tumbar nuestra casa mientras la gente que logró llegar a ayudarnos sacaban con nosotros nuestras pertenencias. Los trabajadores del espacio público tiraban por las ventanas todo lo que a su paso encontraban. Un símbolo doloroso de ese momento, aunque sea algo material, fue el árbol de navidad por lo que para nosotros representa: la festividad en familia.

En medio de esa violencia no sabíamos que hacer, nuestros perros estaban angustiados de ver el caos que se había formado. Nuestros gatos buscaron refugio en el monte, nuestras gallinas solo corrían de un lado al otro sin saber dónde resguardarse. Es decir, toda nuestra vida se fue desmoronando poco a poco y nuestra dignidad se iba cayendo a pedazos viendo impotentes como iban derrumbando nuestra casa, nuestro hogar. Con cada martillazo, a cada palancazo o con cada palabra nos estaban violentando. El alcalde menor, con frialdad y cinismo, nos decía «que nos diéramos por bien servidas y que nos iba a ser el favor de llevar nuestras cosas en el carro de espacio público porque él tenía la potestad de echarle candela a la casa con todo adentro, que a él se lo permitía la ley».

Un hogar en ruinas (esta foto no es la real, imposible de tomar fotos en ese momento, pero es un ejemplo de la destrucción )

Sin casa

En medio de todo ese desorden, una familia del pueblo nos prestó un lugar para poder resguardarnos y para que guardáramos nuestras cosas. Era una casa que estaban construyendo con mucho esfuerzo y le acababan de montar el techo, tenía apenas las paredes, sin ventanas, sin puertas, no había baño, ni cocina, ni piso. Sin embargo, en medio de esta tristeza y desasosiego, por lo menos había la solidaridad y un lugar en donde descansar porque no teníamos más a donde ir.

Sin derecho

El “amable” alcalde menor, cuando cerró la diligencia sin aún haber terminado y nos entregó la suma de $300 mil pesos para que buscáramos un lugar para vivir. Esa noche mi mamá y mi hermana se quedaron a dormir en nuestra casa en ruinas para esperar que los 12 gatos que se habían ido al monte volvieran a la casa. Logramos rescatar 9 (3 de ellos jamás volvieron) y a algunas gallinas que también se habían perdido. Mientras tanto, mis hijos y yo tratábamos de tranquilizar a todas las mascotas que estaban en estado de shock, igual que todos nosotros. Tuvimos que enterrar a unas gallinas que, por el maltrato de los trabajadores del espacio público, no lograron sobrevivir, la insensibilidad es aterradora.

Vuelven para destruir

Al otro día volvieron a terminar de arrasar lo que aún quedaba en pie. Nuestra casa parecía negarse a ser derribada, esa choza, como describieron en el acta de desalojo – en un acto simbólico- luchó igual que nosotras. Dos trabajadores del espacio público terminaron en el hospital, uno con una pierna rota porque al momento de cortar las columnas de madera con motosierra le cayó una encima. Y el otro, cuando estaba terminando de tumbar el techo, cayó sobre una viga con algunas puntillas incrustadas. Nuestra casa, nuestro hogar en donde vivíamos con poco, pero felices, aún hoy sus ruinas permanece intactas porque hasta incluso la maleza se niega a borrarla de la vista y la memoria de todos los que pasan por el frente de ella.

La casa en ruinas, esperando justicia
La empresa, despojando sin justicia

Hoy, 11 años después aún lloro recordando con un dolor profundo en el alma esos días en los que nuestras vidas cambiaron. El día en que la injusticia y la corrupción ganaron la primera ronda de esta batalla. Sin embargo, tenemos la certeza que en algún momento la balanza se va a equilibrar y obtendremos justicia. Por ahora nosotras tenemos que soltar el dolor, dejar que nuestras vidas puedan volver a rehacerse bajo el perdón, pero no con el olvido. La lucha por la tierra continua su proceso, por nosotras y nuestros hijos, pero también por todos los desposeídos de la tierra colombiana.

Los apocalípticos jinetes del despojo recorren el mundo. Al alba del milenio nos amanecimos con la mala nueva de que el hambre de tierras y de dinero que hoy expolia al planeta y a la humanidad con el ímpetu juvenil con que saqueaba a los pueblos de ultramar la vieja colonización.

Armando Bartra, 2016

Search Results

Web results

Citas

[1] JJ, Moncada Carvajal. Realidades del despojo de tierras. Retos para la paz en Colombia. IPC. Medellín, 2011

[2] Acnur. Tendencias globales. Desplazamiento Forzado,2019. Acnur.

[3] OCHA, Resultados HNO 2020. Equipo Humanitario Colombia. OCHA, 2020